Libros Gratis - El Hombre de la Mascara de Hierro
 
 
         

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--Perdonadme, monseñor --replicó el superintendente; --pero el que acaba de salir de aquí era mi hués-
ped.
--A eso le llamo yo ser buenos y dignos amigos --murmuró Felipe exhalando un suspiro. --Ellos me
hacen desear el mundo. Señor de D'Artagnan, os sigo.
En el instante en que el capitán de mosqueteros iba a salir, apareció Colbert, entregó a aquél una orden
del rey y se retiró.
D'Artagnan estrujó con rabia el papel.
--¿Qué es ello? --preguntó el príncipe.
--Leed, monseñor --contestó el mosquetero.
Felipe leyó las siguientes palabras, trazadas apresuradamente por la mano de Luis XIV:

“El señor D'Artagnan va a conducir al preso a las islas de Santa Margarita, y le cubrirá el rostro con una
visera de hierro, que aquél no podrá levantar bajo pena de muerte.”

--Está bien --dijo con resignación el desventurado príncipe. --Estoy pronto.
--Aramis tenía razón --repuso Fouquet al oído del mosquetero; --tan rey es éste como el otro.
--¡Más! --replicó D'Artagnan. --Sólo le faltamos vos y yo.

EN EL QUE PORTHOS CREE QUE CORRE TRAS UN DUCADO

Aramis y Porthos aprovecharon el tiempo que les concedió Fouquet.
Porthos no comprendía para qué género de comisión le obligaban a desplegar tal velocidad; pero al ver
que Aramis arreaba a su cabalgadura, él no le iba a la zaga. Así pronto se encontraron a doce leguas de
Vaux, luego hubo necesidad de cambiar de caballos y organizar un servicio de postas.
Allí fue donde Porthos se aventuró a interrogar discretamente a Aramis.
--¡Chitón! --replicó Herblay; --contentaos con saber que nuestra fortuna depende de nuestra rapidez.
Como si Porthos hubiera sido todavía el mosquetero sin blanca de 1926, siguió adelante, movido por la
mágica palabra “fortuna”. --Van a hacerme duque --dijo en alta voz y hablando consigo mismo.
--Puede que sí --replicó Aramis sonriéndose a su modo. Aramis tenía la cabeza hecha un volcán, la ac-
tividad de su cuerpo no había conseguido sobreponerse a la de su espíritu. en el camino real, y libre de en-
tregarse a lo menos a las impresiones del momento, Herblay vomitaba una blasfemia a cada tropiezo de su
cabalgadura y a cada desigualdad del terreno. Pálido y cubierto de hirviente sudor, clavaba despiadadamen-
te las espuelas en los ijares de su montura.
Así crrieron por espacio de ocho largas horas los fugitivos, hasta que llegaron a Orleans.
Eran las cuatro de la tarde, y Aramis, al interrogar sus recuerdos, dio por cierto que toda persecución era
imposible. Admitiendo la persecución, que, por otra parte, no era manifiesta, los fugitivos tenían una venta-
ja de cinco horas sobre sus perseguidores.
Para Herblay, no habría sido imprudente descansar, pero seguir adelante era asegurar la partida.
Dio, pues, a Porthos el disgusto de montar nuevamente a caballo, y ambos devoraron el espacio hasta las
siete de la tarde, hora en que se apearon en una venta.
No les faltaba más que una posta para llegar a Blois; pero un contratiempo diabólico vino a sembrar la
alarma en el corazón de Aramis. En aquella posta no había caballos.
El prelado se preguntó por qué infernal maquinación sus enemigos habían conseguido quitarle el medio
de ir más alá, a él que no tenía por Dios al acaso y veía en todo resultado una causa. Pero en el instante en que iba a dar rienda a su enojo para obtener una explicación o un caballo, se le ocurrió una idea: se acordó
de que el conde de La Fere vivía en las cercanías.
--No viajo ni hago posta entera --dijo Herblay al maestro de postas. --Dadme, pues, dos caballos para
ir a visitar a un señor amigo mío que mora no lejos de aquí.
--¿Qué señor? --preguntó el maestro de postas.
--El señor conde de La Fere.
--¡Ah! --repuso el maestro descubriéndose con respeto, --no puedo proporcionaros dos caballos, pues
todos los tiene acaparados el señor duque de Beaufort.
--¿El señor duque de Beaufort? --repuso Aramis con disgusto.
--Con todo --continuó el maestro de postas, --si os place serviros de un carretón, haré enganchar a él
un caballo ciego al que sólo le quedan los remos, y así podréis llegar a casa del señor conde de La Fere.
--Esto vale un Luis --repuso Herblay.
--No, señor, sino un escudo.
--Os daré un escudo, pero eso no menoscaba para nada mi derecho a daros un luis por vuestra buena
ocurrencia.
--Está caro --repuso leno de alegría el maestro de postas.
El maestro de postas encargó a uno de sus mozos de cuadra que condujera los forasteros a La Fere.
Prthos se sentó en la carreta, junto a Aramis, y dijo al oído de éste:


 

 
 

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